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Título: Entrando en el grupo

Autor: Cordy

Edad: Todos los públicos

Feedback: Dime siempre lo que piensas

Distribución: Este fanfic pertenece a Magia en el Campus, si quieres utilizarlo en tu página hazlo mediante un link.

Sumario: Contiene un punto de vista diferente sobre el capítulo, basado exclusivamente en Willow y Tara.

Nota: Esta historia está basada en The I in team, los personajes, nombres, etc... pertenecen a Joss Whedon y sus productores, lo único que he hecho es cogerlos prestados un ratito.

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Desde los asientos del final la clase se veía repleta. Introducción a la Antropología no sonaba tan interesante como para promover ese tipo de audiencia. El profesor Ficchel, sin embargo, sí lo hacía. Era la última adquisición del departamento de Historia Antigua, recién salido de la facultad y con el entusiasmo propio del primer trabajo serio. Era de California y nos es que lo fuera pregonando por los pasillos, sino que su pelo era largo y rubio, su piel bronceada y caminaba ligero, como si en el momento menos esperado fuera a lanzarse a correr. Entraba a clase sonriendo, siempre con el brazo derecho pegado al costado, como si aún sujetara su tabla de surf. ¿Qué llevaba a un tipo así a interesarse por la antropología?

Después de ver a Ficchel estaba clara la razón de la masiva audiencia femenina de la asignatura.

Tara sonreía, mientras toda la clase explotaba en una forzada carcajada ante uno de los chistes del profesor. Detrás de ella un grupo de chicas no dejaba de comentar todo tipo de sueños eróticos, todos con el mismo protagonista masculino. El profesor tenía carisma, eso era algo que Tara reconoció el primer día. Tampoco podía negar su atractivo, y su pasión por la antropología era casi contagiosa. Aún así, ella no compartía la fiebre Ficchel. Bajó la cabeza y volvió a concentrarse en el nombre que llevaba garabateando en sus apuntes toda la mañana: Willow.

No, no la compartía.

La pelirroja se había creado su propio espacio en la cabecita de Tara. Y no era una habitación pequeña. No, era una casa de campo con un jardín enorme. Por mucho que lo intentara, en lo único que se podía concentrar era en el pelo de Willow, en los ojos de Willow, en la boca de Willow... y en algunas otras partes de Willow que la hacían sonrojarse. Tara agitó la cabeza como si así pudiera echar esos pensamientos y centrarse en la clase, pero todo lo que consiguió fue llamar la atención de las de detrás que se asomaron por encima de su hombro para ver de quién era el nombre que se repetía por toda la hoja. Una pequeña carcajada y un molesto murmullo hizo a Tara hundirse en el asiento, aunque continuó adornando sus apuntes con letras más grandes que antes.

Cuando al fin la clase finalizó, todas se levantaron y avanzaron a tropel hacia Ficchel. Tara esperó a que pasaran las más hambrientas y empezó a recoger sus cosas compadeciéndose del pobre profesor mientras salía del aula.

- Hey!

La voz de Willow sobresalió entre la agitación del pasillo. Apoyada en una pared frente a la puerta, parecía que llevara horas esperándola. Se incorporó y se acercó sonriente hacia la rubia.

- Hey! - respondió Tara entre cohibida y sorprendida.

- ¿Cómo ha ido la clase?

Al tiempo que preguntaba, Willow levantó su mano y acarició su antebrazo, deslizándola hacia abajo hasta que sus manos se unieron.

- B-bien... - Tara respiró hondo y buscó fuerzas para no tartamudear. - Bueno... ya sabes.
Ambas giraron la cabeza y sonrieron ante el esfuerzo del profesor por abandonar la clase.

- ¡Oh Dios! - suspiró Willow al verlas. Bajó el volumen de su voz y se aproximó para susurrar:- ¿Crees que deberíamos decirles que es gay?

El comentario sorprendió a Tara, que no esperaba que alguien más se hubiera dado cuenta de ese pequeño detalle. Willow era una persona muy observadora, no le extrañaba que hubiera adivinado antes que el resto la orientación del profesor.

- ¿Llevabas mucho esperando?

Willow asintió con la cabeza, pero no fue capaz de confesarle que su verdadera intención era alcanzarla antes de que la clase comenzara, aunque había llegado tarde y esperado durante cuarenta minutos. Willow sonreía para sí pensando en el estúpido comportamiento que estaba teniendo últimamente. Apenas escuchó a Tara invitándola a comer.

- Me encantaría pero no puedo. Tengo una clase en cinco minutos, y luego grupo de estudio.- Tara la miraba a través de un mechón de pelo, sin levantar la cabeza.- ¡Pero podríamos quedar después! Podría ir a tu cuarto y practicar ese hechizo del otro día, o simplemente hablar... si quieres.

Willow se dio cuenta de que su balbuceo se agravaba cuando la rubia estaba cerca, y por mucho que intentara recordarse entre frase y frase que tenía que respirar, casi siempre fallaba.

El grupo de chicas que se había sentado detrás de Tara salía en esos momentos de la clase. Al pasar junto a ellas, no dejaron escapar de nuevo esa pequeña carcajada que hizo a Tara bajar la cabeza. Willow observó la reacción de su amiga y las miró furiosa.

- ¡¿Y a esas que les pasa?!

Se le hacía tarde, y no tenía tiempo para insultar al grupo. Sin pensarlo dos veces, sujetó la cara de Tara por la barbilla y levantó su cabeza hasta que sus ojos se encontraron.

- ¿A las siete en tu cuarto?

Tara asintió sin dejar de sonreír. Tampoco podía apartar la mirada de Willow, quien sonreía aún más si cabe. La pelirroja sabía que algo pasaba con Tara, aunque no estaba segura de querer darle un nombre a lo que sentía todavía. Pero tenía muy claro que en sus cuatro años de profunda amistad con Buffy, o incluso con Xander, jamás había tenido sentido algo así. Cuando la miraba, sentía que se perdía en sus ojos...

- ¡Voy a llegar tarde!

Tara se despidió de ella y se quedó allí parada viendo como Willow se alejaba corriendo por los pasillos intentando no tropezar con nadie. Todavía sentía el contacto de su mano sobre la mejilla, pero al menos su respiración había vuelto a la normalidad.

El profesor Ficchel se acercó a ella por detrás, no era su intención asustarla, pero vaya si lo consiguió.

- Lo siento.- Susurró el profesor con una cálida sonrisa.

Tara sabía que la gran mayoría de su clase mataría (algunos literalmente) por recibir un gesto así de Ficchel. Intentó apartar su pensamiento de Willow por un momento y concentrarse en las palabras del hombre que estaba frente a ella.

- He leído tu trabajo sobre las teorías alternativas de Darwin - le estaba diciendo - y me ha sorprendido la cantidad de información que has logrado recopilar sobre un tema tan inusual.

Tara no se movía, le miraba algo ruborizada, sabiendo que eso sólo era una introducción al verdadero propósito de la conversación.

- Tu trabajo es excelente. Si me guardas el secreto te diré que es lo mejor que he leído sobre el tema. - Tara sonreía orgullosa, aunque mucho más colorada que antes.- ¿Te interesaría ser mi asistente?

- ¿Su asistente?- preguntó confusa.

- El departamento está a punto de asignarme a una de esas... alumnas de clase, y francamente, no creo que sepan de que hablo la mitad del tiempo. ¿Qué me dices?

¿Asistente? Pensó Tara. Esa era una gran oportunidad para su currículo, pero no.

- No puedo... yo n- no.- Comenzó a decir algo nerviosa, intentó tranquilizarse y continuar.- Su asignatura me gusta m-mucho, pero no puedo ser asistente de profesor. No soy muy buena con el público y no podría dar las clases si usted falta. Estoy estudiando con beca y tengo que mantener mis notas altas, no podría hacerlo mientras trabajo para usted.

Ficchel la miraba decepcionado, o más bien asustado pensando que la alternativa sería alguna de esas rubias tontas que también le acosaban los fines de semana en la playa. Tara era la mejor opción, lástima...

- ¿Estás segura?- Tara asintió. Y el profesor le volvió a sonreír.- ¡Está bien! Quizás pueda hablar con tu novia para que me ayude a convencerte.- dijo con un guiño.

Tara se ruborizó y miró a su profesor atónita.

- ¡Es broma! - dijo riendo Ficchel.- Willow me arregló el ordenador el otro día y me recordó lo mucho que te esfuerzas en la asignatura. En fin, si cambias de opinión...

Tara asintió, demasiado consciente de que su elección era firme. Ficchel se encogió de hombros y se marchó por el mismo pasillo que se había alejado Willow.

- ¡Wow! - Susurró Tara una vez se quedó sola frente a la clase.

No sabía que le sorprendía más, si que el profesor le hubiera ofrecido el puesto de ayudante o si que hubiera supuesto que ella y Willow eran pareja. ¡Cómo si Willow pudiera pensar en ella de esa forma!

Si Willow había deducido que Ficchel era gay sólo con pasar una tarde con él, ¿qué pensaría de ella? Tara no tenía intención de esconderle nada a Willow, pero había muchas cosas que no sabía como expresarle abiertamente. Cómo podía decírselo sin asustarla. Por nada del mundo quería perderla, aunque solo fueran amigas, Willow era lo mejor que le había pasado nunca.

Se alejó en dirección opuesta, camino de la cafetería. Pensaba en coger algo para llevar y marcharse a su habitación, los comedores públicos no le hacían ninguna gracia. Todavía recordaba la risa de su hermano cada vez que su padre le recordaba que comía demasiado. Comer sola era la mejor opción. Sin embargo, cuando entró en la sala, divisó a la rubia que siempre iba con Willow. ¿Buffy?, se preguntó y una profunda carcajada sonó en su cabeza; como si pudiera olvidar ese nombre con la cantidad de veces que la pelirroja lo repetía.

Al principio, Buffy la hacía sentirse celosa e insegura. Sabía que Willow la quería con toda el alma y Tara suspiraba porque algún día, un poquito de ese cariño fuera para ella. Decidió sentarse en una mesa a observarla. Estaba hablando con Finn, coqueteando y jugando con la comida de su plato. Era muy atractiva, el tipo de chica por el que suspiran los hombres. Willow y ella eran las mejores amigas, pero sólo eso, amigas... al pensarlo, Tara no pudo evitar sonreír, como si un enorme peso se le descargara de los hombros .


Willow estaba en clase, revolviéndose inquieta en el asiento. No podía prestarle atención al profesor por mucho que lo intentara, y se sentía fatal por ello. Su mente no dejaba de darle vueltas a su conversación con Tara, hacía listas mentales de los diferentes hechizos que podía probar con su amiga y que le dieran oportunidad de algo de contacto físico. Tara era reacia a tocarla. Por más que la pelirroja se acercara, ella nunca la tocaba, y no lo entendía. Cuando sus cuerpos estaban cerca era como si una ola de energía la recorriera de pies a cabeza y tenía ganas de abrazarla y mantener esa sensación para siempre, pero Tara respetaba su espacio personal y jamás lo invadía sin el permiso de Willow. Sólo mientras hacía hechizos era Tara quien tomaba la iniciativa en el contacto, y Willow no sabía si la energía que sentía era causada por la magia o por la rubia.

Se levantó mucho antes de que acabara la clase y se escapó del aula por la puerta de detrás, no podía soportarlo más. Tanto pensar en Tara le había dejado con una necesidad enorme de estar junto a ella.

La encontró en el hall, camino de los dormitorios, supuso. Se aproximó a ella antes de que alcanzara la puerta y la sorprendió por detrás. Conforme se acercaba pensaba en abrazarla por la espalda y susurrarle "¿quién soy?" al oído, quería besarle el cuello y recorrer con las manos su estómago. Ese tipo de pensamiento comenzaban a ser una constante cada vez que la veía, su corazón latía desbocado al pensar que quizás al hacerlo, Tara giraría sobre su abrazo y se besarían.

Antes de llegar a Tara, la rubia se volvió. Como si hubiese presentido quién se acercaba, la esperaba sonriendo. El corazón dejó de latirle por un segundo al verla.

- Creía que estabas en clase... - susurró Tara, encantada de haberla pillado in franganti.

Las mejillas de Willow se sonrojaron y tuvo que tomar una gran bocanada de aire antes de empezar a hablar.

- La han suspendido - Dijo tímidamente, la rubia inclinó la cabeza desconfiando.- Bueno, en realidad la he suspendido yo... No la he suspendido de suspender porque todavía no hemos hecho los exámenes. La he cancelado... sólo yo, porque los demás siguen en clase escuchando al profesor que es lo que yo tenía que estar haciendo, pero no podía concentrarme y he pensado que era...

Dos dedos de Tara sobre sus labios hicieron que detuviera esa incansable descarga de palabras sin sentido. El contacto de la piel suave le hizo cerrar los ojos por un momento, al abrirlos Tara había retirado la mano y la miraba tímidamente:

- Hola .- Le dijo.

Willow sonrió y le devolvió el saludo. Se quedaron en silencio, cada una perdida en los ojos de la otra mientras sus compañeros pasaban por su lado. Sólo duró unos instantes, pero fue el tiempo suficiente para que ambas se sonrojaran y dejaran escapar una risita nerviosa al mismo tiempo.

Caminaron juntas hacia los sillones que estaban junto a la ventana y allí se sentaron, incapaces de pronunciar una palabra. Una, por miedo a tartamudear; la otra, por miedo a divagar durante horas.

De repente, Tara se movió nerviosa y buscó algo en su bolsillo.

- Mira... - susurró, mientras despacio mostraba un cristal morado.

Lo sujetaba con delicadeza con las dos manos, y se lo tendió a Willow para que pudiera observarlo más de cerca. No era un cristal corriente, había muy pocos de su clase en el mundo y la rubia sabía que Willow siempre había querido tener uno, bueno, al menos desde que practicaba la brujería y aprendió lo que era.

Para Tara tenía un significado mucho más allá de los poderes mágicos. Fue un regalo de su madre. Ella era muy pequeña y habían salido a montar. Cada tarde hacían lo mismo, paseaban a caballo hasta un pequeño claro a las afueras del pueblo donde su madre le enseñaba todo tipo de rituales y hechizos. La primera vez que Tara consiguió realizar un hechizo ella sola, su madre puso el cristal entre sus manos y le explicó que le ayudaría a concentrar la energía. Con el tiempo, su madre se fue encontrando cada vez más débil y las salidas a caballo cesaron, pero a escondidas en su habitación, su madre siempre encontraba un momento para enseñarle algo nuevo.

En ocasiones, simplemente se sentaba allí a escucharla hablar sobre el colegio, sus amigos o sus peleas infantiles con Donnie. El cristal siempre estaba entre ambas, era testigo de los recuerdos más hermosos.

Tara quería ofrecérselo a Willow, pero lo hizo de una manera torpe, muy nerviosa y poco consciente de lo que en realidad decía. Willow pensaba que era una herencia familiar y no era justo que se lo quedara, pero al ver la expresión dolorida de Tara rectificó un poco y propuso intentar algún hechizo con él.

- Quizá esta noche... - dijo Tara esperanzada.

De repente la realidad golpeo a Willow. ¿Esa noche? ¿Cómo podía haberlo olvidado después de acusar a Buffy de lo mismo? Tenía la reunión con los Scooby, era ineludible porque Buffy estaría allí y hacía demasiado tiempo que no estaban todos juntos.

¿Quizás si invitaba a Tara? Por qué esa idea sonaba tan poco apetecible en su cabeza. Tara era una persona dulce y encantadora, además de inteligente, y su destreza con la magia la hacía terriblemente útil. Pero y si Buffy o Xander no entendían que su amistad era más profunda, tan profunda que no parecía puramente amistad... ¿o es que no lo era?

Tara se marchó cabizbaja y con prisas hacia una clase que Willow sabía de sobra que no existía, y ella se quedó en medio del pasillo de pié. La vio alejarse incapaz de hacer nada, incapaz de moverse aunque todos sus sentidos le gritaban que fuera tras ella y rectificara.

Toda la tarde mantuvo ese agudo pinchazo en el pecho que le hacía recordar la expresión dolorida de Tara al marcharse. Nunca decía nada, jamás se quejaba... miraba como quien se arrepiente de haber esperado demasiado de si mismo. ¡Cómo podía! Una sonrisa de Tara lograba alegrar un día entero de la pelirroja, si sólo pudiera explicárselo sin parecer un bicho raro o sin tardar siglos en hacerlo...

La hora de retraso de Buffy no ayudó a que el dolor se marchara, y mucho menos el verla aparecer con todos aquellos soldados por la puerta del Bronze. Además de sentirse la peor persona del mundo por herir a Tara, ahora se sumaba la decepción que su mejor amiga le había causado sin darse cuenta siquiera. Intentó olvidarlo y disfrutar de una pequeña conversación de todas formas, pero ni modo... un malo, y la cazadora volvía al trabajo.

Willow se quedó sola en la mesa, en un local lleno de humo donde la gente normal se divertía y bailaba. Xander se movía con Anya de la pista a la barra y viceversa, ajenos del resto del mundo, incluida ella. Y Buffy, su muy mejor amiga, se había marchado con su nuevo novio a matar bichos feos. ¿Cómo es que ella seguía en el mismo lugar de siempre?

Se levantó hacia la puerta, despidiéndose del resto con un gesto de cabeza. Pensando que caminar sola por Sunnydale de noche no era lo más seguro, pero con la Iniciativa ahí fuera qué podía pasar. Odiaba seguir siendo la misma vieja Willow del instituto, no había cambiado nada. Los mismos gustos, los mismos miedos, ese eterno balbuceo y los mismos amigos con nuevas vidas en las que no estaba presente. Todo lo que ella tenía era Tara y la magia. Una sonrisa se formó en su rostro al pensar en ella y mientras caminaba pensaba en lo genial que sería tenerla en su cuarto esperándola, abrazarla al llegar y acurrucarse junto a ella en la cama.

Su vida también seguía hacía delante, quizás no por el camino que todos pensaban que seguiría. ¡Qué demonios! Tara era mejor camino que ninguno que Willow hubiese soñado jamás.

Se paró frente a su puerta y suspiró antes de golpearla levemente por si dormía. De algún modo, su cuerpo la había llevado hasta allí antes de que ella le hubiera dado la orden. Deseó con fuerza encontrarla despierta, para no tener que forzar una excusa y marcharse. Cuando Tara abrió la puerta con esa enorme sonrisa, todo lo que Willow pudo pensar es que era la persona más afortunada del mundo por tener a Tara en su vida. Haría cualquier cosa por lograr que ella fuera su camino.

Se sonrieron y Willow intentó explicarle que todo aquello de la reunión privada no había resultado tan privado como parecía. Tara sonreía todo el rato. No le importaba en absoluto cuáles eran las razones que habían llevado a Willow hasta su puerta a esas horas, lo importante era que estaba allí.

Al pasar a la habitación, lo primero que vio fue el cristal tirado junto a la chaqueta de Tara sobre la cama. Tara había estado estudiando, pero cerró los libros y se sentó sobre la cama mientras Willow paseaba ausente por la habitación. Tara jugaba inconsciente con el cristal, sin quitarle ojo a la pelirroja.

- Ha sido una noche horrible.- suspiró Willow.- Primero Xander y Anya con todas esas quejas y conversaciones ridículas sobre dinero y regalos, y los besos... definitivamente eso es lo peor... los besos! Porque siempre vienen seguidos de algún comentario sobre sexo. Y luego Buffy llegando con su nuevo novio y su pequeño ejercito. ¿Conoces a Riley? Seguro que sí, es el ayudante de la señorita Walsh. Es buen chico, pero ... ¿por qué tenía que aparecer esta noche?

Se dejó caer en la cama, con la cabeza hundida en el colchón mientras dejaba escapar un quejido profundo. Poco a poco, levantó la cabeza y la apoyó sobre la mano, quedándose tumbada de lado sonriendo a Tara como quien dice "no tengo remedio, verdad?". Tara la miraba calmada, y le devolvió la sonrisa, mostrando en ella todo el cariño que sentía por la pelirroja. Una mano ausente de Willow fue a parar sobre el cristal que sostenía Tara. Lo acariciaba ausente, sin pensar en nada.

- ¿Por qué querías que lo tuviera, Tara?- Preguntó Willow más a sí misma que a la rubia.

Tara la miró confusa un segundo y respondió torpemente, mientras observaba como Willow trazaba con uno de sus dedos los ángulos de la piedra.

- Y-yo creí que te gustaría...

El dedo explorador de Willow dejó de acariciar el cristal y se deslizó hacia la mano que lo sujetaba, acariciando los dedos, la palma y el interior de la muñeca con tanta pasión escondida en el gesto que parecía que las manos estuviesen haciendo el amor.

- ¿Y ya está? - preguntó Willow concentrada en el movimiento de su mano.

Tara sentía que su brazo le ardía, y esa sensación iba trasladándose al resto del cuerpo.

- No.- susurró.

Tara apartó un mechón rebelde que se había escapado del resto de cabellos pelirrojos. El pelo de Willow era suave, y se deslizaba entre sus dedos como si hubiese realizado ese gesto toda su vida. El flequillo de Willow había vuelto a su lugar original, pero Tara seguía acariciándolo.

La pelirroja levantó la vista y capturó esos preciosos ojos azules que la miraban con tanta devoción. Tara sonrió avergonzada y apartó la mano.

- Mi madre me dio ese cristal cuando era pequeña...- explicó en un susurró, sin saber a ciencia cierta si esa era su voz.- Me enseñó a utilizarlo y siempre que practicábamos estaba presente.

Willow miraba a Tara con dulzura, incapaz de contestar por miedo a dejar de oír su voz. Su mano se había detenido y ahora sus dedos estaban entrelazados con aquellos que antes le acariciaban el pelo. Ninguna de las dos era consciente de eso.

- Cuando mi madre murió, solía pasear hasta nuestro claro y sentarme allí mirando el cristal, a veces era como si la viera reflejado en el sonriendo. Suena tonto, no?

Willow se incorporó y negó con la cabeza. Se sentó frente a Tara, tan cerca como pudo, sus rodillas rozándose... Tara bajó la mirada hacia las dos manos entrelazadas y se ruborizó, intentó mover la mano disimuladamente pensando que quizás para Willow el contacto había durado demasiado y no sabía como romperlo. Sin embargo, Willow siguió sus movimientos y apretó su mano ligeramente para que supiera que no se iba a ningún lado.

- ¿Por qué yo?- susurró Willow.

- Mi madre me dijo una vez que yo... bueno, ella creía que yo era especial... decía que lo supo antes de que naciera. Ella estaba convencida de que algún día alguien significaría lo mismo para mí que yo para ella.- inclinó su cabeza y frunció el ceño como hacía cuando estaba nerviosa.- ¿Es demasiado ridículo?

Willow le acarició la mejilla y dejó su mano reposar en ella, Tara se inclinó ante el contacto y cerró los ojos de forma natural. Una sensación de paz invadió a ambas. Buffy, Xander, Anya ... todo pertenecía al pasado, Tara era su futuro. Fuera donde fuera que llevara este camino, quería recorrerlo con ella.

- ¿Por qué no te he conocido antes? - susurró mientras se inclinaba para besarla.
Sus labios apenas se rozaron, pero sus frentes estuvieron unidas eternamente hasta que ninguna de las dos tuvo valor suficiente para mirarse a los ojos.

Tara seguía sin creer que una mujer como Willow pudiera sentir algo por ella. Pero había sido la pelirroja quien la había besado. Por dentro iba a estallar de alegría, y por fuera lo haría en el mismo momento en que consiguiera dejar de temblar.

La pelirroja se sentía mejor que nunca, como si hubiera completado una parte de si que estaba incompleta. Era como si su vida de repente volviera a estar llena, llena de Tara. En el momento de besarla habían desaparecido todos esos pensamientos de culpabilidad por desear a una mujer. Sentía todavía el pulso acelerado, y quería volver a besarla pero temía estropear el momento o descubrir que todo había sido fruto de su imaginación y que al abrir los ojos se encontraría con una Tara furiosa. Pero todo lo que recibió fueron dos cálidos brazos rodeándole el cuerpo y acomodándola en un gran abrazo en el que se perdió sin pensarlo.

Al cabo de un rato, Tara suspiró y Willow se separó rápidamente para comprobar que su amiga se encontraba bien. Tara no dejaba de sonreír, pero en sus ojos habían amagos de lagrimas.

- Willow ... y-yo...

Willow negó con la cabeza y limpió una de las lagrimas que se escaparon mejilla abajo. Sonrió mientras le acomodaba el pelo detrás de la oreja. No podía dejar de tocarla, como si quisiera comprobar que en realidad estaba ahí, que no era una de sus fantasías.

- No.- Susurró- Esta noche no...

No era momento de hablar, ni de declaraciones de amor, sólo tenían que abrazarse para comprenderlo. Ya habría tiempo para discutir el por qué por la mañana.

- Duerme conmigo...- dijo Tara en un hilo de voz.

Willow sonrió y afirmó con un gesto, elevando ambas cejas juguetonas como si esperara algo más que solo dormir. Tara lo comprendió y dejó escapar una de esas encantadoras risillas nerviosas. Sin embargo, todo en lo que podían pensar era en dormir una junto a otra, y ser lo primero que vieran al despertar para asegurarse de que no había sido un sueño.

Se quitaron los zapatos y se acurrucaron bajo una manta. Willow mirando al techo, mientras Tara apoyaba la cabeza sobre su hombro. Con el tiempo, los nervios se disiparon y ambas acabaron envueltas en un abrazo, cobijadas bajo la oscuridad de la noche. Sabiendo que fuera había un submundo de vampiros, demonios y seres malignos, que no podrían hacerles daño mientras estuvieran juntas.